La pregunta equivocada

En general cuando se conversa sobre lo que va sucediendo dentro de nuestras vidas pero fuera de la experiencia personal, en otras palabras cuando hablamos de la sociedad en general o particular, casi siempre surge el tema de lo que se debe hacer o lo que no se debe hacer. Conversamos de todo esto porque nos afecta directamente en la mayoría de los casos. De todas las preguntas que no hay que hacer, la más importante es la siguiente: cómo vamos a pagarlo?

Esa es la pregunta clave que nos revela donde estamos parados. Por un momento, hay que imaginar todas las situaciones históricas importantes en donde esa pregunta si se hubiera hecho, habría cambiado todo el curso del progreso humano. Todos los inventos desde la rueda hasta los viajes a la luna tuvieron un costo difícil de calcular, y gracias a que NO se hizo esa pregunta absurda, hoy contamos con todos los beneficios de ese progreso.

Bien, el costo social es exactamente igual. Llevar la sociedad en general sin distinciones de ningún tipo a un lugar de estabilidad económica, de educación, de vivienda, de transporte, de salud, etc. es de una importancia enorme para el bienestar de esa sociedad. Bienestar, equilibrio y desarrollo sólo son posibles si esa pregunta en vez de hacerse, se hacen las siguientes: Veamos cómo lo lograremos? Que tal si estudiamos como otros lo han logrado? ¿Cuándo empezamos?

Si para cruzar un río donde al otro lado hay un lugar ideal, no nos hacemos preguntas de cuánto va a costar. Al contrario, comenzamos el trabajo de tender un puente sin ni siquiera preocuparnos por el costo ya que simplemente está a la vista todos los beneficios que se podrían obtener. A esa actitud, en general, se la llama “visión” y sin ella entonces hacemos preguntas tales como “y como vamos a pagarlo?”. La visión y la falta de ella es lo que determina muchas veces las situaciones en las cuales nos encontramos individualmente y como sociedades. Y a la base de esta pregunta nefasta encontramos el temor. Cada vez que el temor habla por nosotros, el resultado es la inacción o la acción calculada, desproporcionada o fanática. Es curioso si, notar que esta pequeña pregunta sin visión, se hace casi siempre cuando se habla del gasto social y casi nunca cuando es un gasto individual o un gasto que directamente nos produce beneficios. Y cuando no es percibida como tal, entonces apelamos a la pregunta que no se debe hacer. En palabras simples, esto se llama egoísmo, o si se quiere, egoísmo social. En general, el egoísmo es incapaz de producir visionarios, por lo tanto es un defecto que trae consigo una mentalidad chata, temerosa y sufriente. Una mentalidad que se apega a los objetos, a las ganancias, a las expectativas de seguridad, al aprovechamiento de otros, etc. El egoísmo es incompatible con el bienestar social porque no se percibe al otro como parte de uno, no se percibe a la sociedad como un ámbito multidimensional, no se percibe a la sociedad como parte de nuestra humanidad y el otro en vez de ser un reflejo y extensión de uno mismo, es mirado con desconfianza, temor, recelo y desprecio. Paradójicamente, vivimos un momento histórico en donde estas mentalidades se han instalado en el poder. Primeramente en el poder económico y cada vez más en el poder político. Muchos de estos gobernantes son empresarios, hombres de negocios, como se llaman a sí mismos, pero encarnan sin duda esa mentalidad egoísta de la que hablamos. Ellos gobiernan para sus familias y el reducido círculo de amigos. Son personajes sin visión, sin conciencia social y sin interés tampoco de obtenerla. No vamos a ir muy lejos con ellos. Eso, de seguro.

En realidad, es posible que todo este sistema en que vivimos en este momento no va a existir mañana pero si existe hoy y es importante entenderlo cabalmente. Es el sistema imperante del momento histórico en que nos encontramos y  somos parte de él, nos guste o no nos guste. En el futuro cercano a lo mejor no necesitaremos gobernantes porque comprenderemos la necesidad de gobernarnos entre nosotros. No necesitaremos hombres de negocios porque la economía no va a depender de ellos sino de nosotros. No necesitaremos un sistema de justicia coludido con el poder empresarial de turno. No necesitaremos de empresarios tampoco si logramos una cooperación real en donde las fuentes de producción están en las manos de muchos. La ciencia y la tecnología estarán al servicio del ser humano y no de aquellos que temporalmente se han apropiado de lo que verdaderamente pertenece al conjunto. Es posible que el poder en las manos de unos pocos se transforme en un poder colectivo e inteligente que no necesite explotar a otros, que no necesite discriminación alguna, que no necesite una organización vertical para funcionar. Todo esto y mucho más se puede envisionar sin problema alguno, mientras no se hagan preguntas pequeñas y egoístas.

Y qué sucederá entonces con estas almas pequeñas, sin visión alguna? Probablemente se transformarán, se engrandecerán y se adaptarán a las nuevas circunstancias. Probablemente perderán el temor y se superarán internamente. Y porqué harían tal cosa? La respuesta más sencilla es que la sociedad nueva no va a tener al dinero como valor central, sino al ser humano y sus necesidades y aspiraciones más profundas.


Junio 1, 2020