Confianza

Cuando las instituciones que son los pilares de una sociedad no son percibidas como tal, entonces es el principio de la desintegración de esa sociedad. La ciencia ya no es creíble, la educación es dudosa, la religión no es inspiradora, la justicia no es más ciega, los políticos no son más representantes de ninguna verdad. 

La confianza es uno de los ingredientes claves para que una sociedad funcione correctamente. En general esta confianza se pierde cuando aquellos depositarios de esta confianza fallan en su accionar. Normalmente esa confianza jamás es recuperada cuando falla. La duda y la desconfianza envenenan todo lo que tocan y desgraciadamente no se ha encontrado aún el antídoto para este enorme problema. Cuando hay confianza, hay tolerancia y respeto porque se comprende que pueden haber errores subsanables, pero no es el caso cuando esa confianza se esfuma. Toda la tolerancia y el respeto desaparecen en un torbellino de mutuas recriminaciones y últimamente dan paso a la violencia y a la desintegración total. Sucede en las relaciones humanas y sucede en las sociedades humanas. 

Uno se pregunta entonces, ¿que se puede hacer? ¿Cómo podemos salir de esta situación?

¿Depositaremos nuevamente nuestra confianza en aquellos que nos han traicionado? ¿Perdonaremos todos los errores cometidos? ¿Cambiaremos unos por otros pero sin ninguna certeza de que las cosas puedan mejorar? ¿Escucharemos nuevas promesas sin convicción alguna? Ninguna de estas alternativas parecen producir lo que se ha perdido. No inspiran confianza por más esfuerzo que hacemos y por más esfuerzo que los otros hacen. No suenan sinceras porque no lo son. 

La sinceridad que necesitamos está íntimamente ligada al reconocimiento de que esta sociedad ha fracasado y es un fracaso a todo nivel. No se puede arreglar con promesas ni con declaraciones, ni con mano dura o mano blanda. No importa quien o quienes son los que se declaran “salvadores”, porque no inspiran confianza y a lo mejor estamos todos hartos de lo que ya conocemos por miles de años.

El verdadero reconocimiento de este fracaso social nos pondría en una situación extraordinaria, enormemente penosa para algunos pocos y liberadora para el resto. Este reconocimiento implica poder expresar nuestra ignorancia a todo nivel. Implica poder ver todos los errores sin prejuicio, sin cobardía y sin culpables. No ganamos nada encontrando culpables porque si hay verdadera sinceridad, mejor nos repartimos las culpas, pero no creo que es lo mejor ni a lo que se aspira tampoco. La verdadera justicia poco tiene que ver con la culpabilidad.

Si pudiésemos como sociedad experimentar este fracaso, quizás podríamos pasar a otra etapa en donde una nueva forma de organizarnos y de mirar las cosas es posible.

Inevitablemente en este estado de reconocimiento, el temor es lo primero que necesitamos aceptar, ver y abandonar. Es precisamente el temor lo que nos impide como sociedad avanzar a una forma más coherente de relación y de gobierno. 

El temor a perder lo que no tenemos o lo que creemos tener, el temor a no alcanzar lo que creemos necesitar, el temor a lo que recordamos haber tenido o creíamos tener nos ha llevado siempre a la destrucción y a la violencia como individuos y como sociedades. Este temor está en todos los niveles de nuestras vidas y por consiguiente nuestras estructuras sociales están en decadencia y en desintegración. “Cada uno aferrado a sus dioses…” como dice una famosa y verdadera canción. Sin darnos ni siquiera cuenta que esos “dioses” que nos adjudicamos son los mismos que los enemigos que hemos ido creando, se adjudican.

La verdad es que es una triste situación para toda la humanidad y nos guste o no, estamos todos inmersos en este sistema que ahora es global y sin ninguna posibilidad de escapar esta realidad.

Como todas las “realidades” solo queda comenzar a verla por lo que es y mientras más pronto mejor. Si existe una posibilidad de cambio es ahora y no mañana y ese cambio sólo va a ser posible si existe en cada uno de nosotros ese deseo fuerte de cambiar. Este cambio tiene que empezar por el individuo que toma cabal conciencia de la situación de fracaso a nivel individual y a nivel social. Si creemos ingenuamente que esto está separado y que es la sociedad la que está mal y nosotros bien, bueno, no iremos a ningún lado muy interesante. La postura opuesta en donde la sociedad está bien y el individuo no, es igual de errada.

Esto que escribo es una de las cosas más difíciles de hacer y a la vez la más eficaz posible. Cuando el cambio comienza en el individuo es porque ese reconocimiento interno lo pone en una situación de “verdad” que no se puede llegar de otra manera. Como quisiera tomarme una pastilla y que todo esté bien al despertarme, o un vaso de algo que me haga sentirme mejor. O a lo mejor una dosis pequeña de drogas. Nada muy concentrado, pero suficiente para hacerme olvidar de esta realidad que no he creado y que no tiene nada que ver conmigo. O también me puedo rodear de personas como yo y así no siento mis errores de cálculo ni mi fracaso interno y puedo tranquilamente echarle la culpa al resto. Hay que admitir que a veces funciona por un rato pero inexorablemente ese momento pasa y algo sucede que esa artificialidad se rompe y estoy nuevamente internamente violentado por los hechos y por lo que no quiero admitir internamente. 

Las falsas puertas para acabar con la violencia interna y la desintegración social y personal que conllevan, son numerosas pero lo único importante es que son falsas. Lo verdadero siempre es sentido como tal y tiene la característica principal de no llevar violencia en sí. Estamos hablando de violencia física, racial, de género, religiosa, económica, etc…todas las formas de violencia conocida. 

Uno siente lo que es verdadero como liberación interna, expansión, suave alegría, tranquilidad y la certeza de que el otro es tan importante como uno mismo. Si lo que llamamos “verdadero” necesitamos justificarlo y explicarlo porque no lo podemos sentir, entonces todas esas explicaciones no sirven mucho porque no llegan al corazón humano que es de donde parte la posibilidad real de transformación.

A lo mejor no siento todo el tiempo esto que lleva verdad, pero solo basta sentirlo unas pocas veces para orientar nuestras vidas en esa dirección humana y porque no decirlo, trascendente ya que verdaderamente trasciende lo personal, las pequeñeces individuales y nos pone en resonancia con la vida misma que se va construyendo de realidades internas y no de slogans y grandes tratados económicos, políticos y morales. 

Esta dirección ascendente me lleva a una situación de confianza con el otro y conmigo mismo que se puede experimentar sin duda alguna porque puedo sentir en el otro lo mismo que puedo sentir en mi. Cuando eso sucede, cuando puedo ponerme en el lugar del otro, es cuando mi posición en el mundo cambia y por consiguiente todo cambia. Poder y querer tratar al otro como yo quisiera ser tratado es la regla de oro para una sociedad real. Es el pilar fundamental para construir algo verdadero.

Cuando se divorcia el ser humano de sus sentimientos más profundos, es cuando el sentido se pierde o se esfuma. Cuando me separo de lo verdadero en mi, es cuando esa sociedad a la que pertenezco ya no es el reflejo de una dirección significativa. Ahí aparecen todos los “enemigos”. Todos dispuestos a arrebatarme lo que creo tener. Ahí aparece lo indefensible y se enarbolan todas las banderas que sirven para señalar que lo más importante es el individuo, la familia, la propiedad, la religión y la patria. Y puede ser que así sea, pero todo eso aparece teñido de temor y de violencia. No inspira confianza sino al contrario. Desintegra internamente y me obliga a traicionar lo que creo creer. 

Por un lado estoy dispuesto a hacer lo imposible por mis seres queridos y al mismo tiempo todo aquel que no pertenece a ese reducido círculo, es mi enemigo. Y por supuesto lo voy a justificar de mil maneras diferentes. Esa justificación se va a ir ampliando cada vez más y súbitamente me voy a encontrar con que la guerra, el asesinato, el control a través del temor es “necesario” porque son los enemigos de “mi patria” de mis “creencias” y de todo lo que existe.

Y si alguien se atreve a preguntarme cómo es posible que todo lo justifique y que esa religión que me adjudico es de “amor y no de odio” o cualquier otra pregunta que ponga en evidencia mi contradicción profunda, le responderé con insultos y más violencia.

Curiosamente no hay religión en el planeta que promueva el odio en sus enseñanzas originales, sin embargo aquí nos encontramos, con los defensores de la fe, armados hasta los dientes para proteger lo que nunca se dijo.

Se podría decir que es todo una absurdidad y por supuesto que lo es, pero hemos pasado el límite de lo que se puede decir y lo que tenemos enfrente es una desintegración que no responde a lo que se puede decir y analizar. Algo que crece como el cáncer y que va debilitando al cuerpo social hasta destruirlo. No estoy exagerando en absoluto. El resquebrajamiento social comenzó varias décadas atrás y en este momento estamos en una de las crisis más grandes que la humanidad ha enfrentado.

Están sonando todas las alarmas que nuestra corta memoria tiene de la historia y hasta los más cínicos y optimistas, en silencio saben que vamos en una dirección equivocada.

No creo que nadie realmente pueda estar muy contento con este análisis medio brutal y aparentemente negativo, pero desgraciadamente nos encontramos en una encrucijada histórica de proporciones. No es el momento de las palabras dulces y de la negación de lo que existe y adonde nos va llevando. Tampoco es el momento de las estadísticas y justificaciones intelectuales. Es necesario observar y entender que este medio en que vivimos llamado sociedad tiene mucho que ver con nosotros. En realidad, es casi imposible separar al individuo de la sociedad. Son una estructura y se comprenden estructuralmente. Es en la estructura misma en donde se va generando el problema de la falta de verdad, de la falta de fe, de la falta de confianza. El individuo y su medio se retroalimentan y no son concebibles separadamente por más que lo podamos imaginar.

Pienso y también quiero creer que podemos transformarnos y transformar nuestro medio. Pienso y creo que es posible ir en una dirección unitiva y totalizadora. He tenido chispazos internos de reconocimiento que me empujan fuertemente a creer que es posible no solo vivir con unidad interna pero también actuar en el mundo como fuerza transformadora.

Aprender a tratar a otros como quisiera ser tratado es la forma más coherente de estar en el mundo. Es algo que nos da sentido y dirección ascendente.

Luego, aprender a superar el sufrimiento en uno, en los otros más cercanos y en la sociedad.

Aprender a resistir la violencia que está dentro de mí y fuera de mi.

Finalmente, aprender a reconocer los signos de lo sagrado dentro de mi y en mi alrededor.

Entonces, se puede estar en el mundo, en la sociedad y aprendiendo a desarrollarnos internamente. Es importante entender que es necesario “aprender”. No es solo una palabra sino que lleva consigo una forma de estar en el mundo en donde el aprendizaje es clave, en donde cada dia me pregunto por lo que es importante, en donde cada dia trato de aprender lo más posible sobre mi y los que me rodean y de alguna manera creo que es un “camino” que nos llevará a una sociedad distinta, humana, profunda y muchisimo mas verdadera.

La confianza está en la base de todas las relaciones humanas. Si se pierde, es como perder las puertas y ventanas en una casa. Si se afirma, entonces el futuro se abre de par en par.

 

Noviembre 23, 2020