El vigía

Ninguna reflexión esta semana. Solo un cuento…

Eran las cinco de la tarde y el invierno se había dejado caer sobre la ciudad y sobre nuestra casa con sus dientes helados y su oscuridad grisácea que cubría los árboles casi sin hojas, los techos, las veredas, las calles, las montañas, la casa del perro y todo lo que existía en mi mundo de ese entonces. 

A los cinco años, a las cinco de la tarde, al término del quinto mes del año 1955, el quinto día de la semana de un momento más en el diario vivir de una ciudad totalmente perdida e ignorada por el resto del mundo, una pequeña luz totalmente independiente de toda fuente externa se instaló suavemente, cariñosamente en el centro de mi cabeza e iluminó mi entendimiento de una forma que jamás podré olvidar. Ese día no solo supe que la memoria existía, también supe que dentro de mí existía un poder extraordinario que me dejó sumido en las fantasías más absorbentes que haya experimentado en mi corta vida. Cinco años en la vida de alguien no es nada y mucho menos cuando escasamente uno es percibido como ser, como ente viviente y pensante. A esa edad uno no puede aspirar a nada más que ser un punto sin importancia y sin recursos en una sociedad amarrada por el sin sentido del mundo adulto. 

La tía Isabel me había regalado un libro al principio de mi primer año escolar que dicho sea de paso lo experimenté con un terror sin límites mezclado con una atracción inexplicable. Primera vez que iría al colegio, que aprendería finalmente a entender los jeroglíficos inescrutables del periódico, que descifraría todas las incógnitas escritas en las murallas, en los anuncios, en prácticamente cada objeto que mis ojos percibían. También lo haría con mi libro adorado que a pesar de conocer los dibujos de memoria, las palabras seguían siendo tan oscuras como esa tarde de Mayo. 

“Mamá, ¿me puede leer un libro?” le pregunté tímidamente a mi madre por la veinteava vez en lo que llevaba corrido del año. Era un ejercicio de desgaste ya que hasta el momento siempre habían otras cosas muchísimo más importantes en la vida de ella y mis pedidos eran siempre condenados a una espera ambigua en un futuro incierto 

“Uno de estos días lo haré, pero ahora estoy muy ocupada.” había sido la constante respuesta de mi madre, pero tenía que seguir insistiendo ya que los adultos por lo general solo respondían a las insistencias, las amenazas y a las urgencias. 

“A ver, ¿de cuál libro estás hablando?” dijo mi madre sorpresivamente y rápidamente corrí a mi pieza, saque el libro del bolsón, corrí de vuelta a la pieza de mi madre, jadeante, expectante y casi sin poder respirar, se lo pasé en silencio y me senté a los pies de su cama mientras ella hojeaba las 18 páginas ilustradas a todo color. 

“Jaime el pescador de perlas”, dijo mi madre leyendo el título del libro. 

El tiempo se detuvo, la voz musical de mi mamá leyendo las letras incomprensibles, el ruido del reloj en la mesita de noche, las cortinas abiertas para dejar entrar la luz que se desvanecía en un crepúsculo prematuro, el ladrido lejano de los perros, las sombras reflejadas por la tenue luz de la lámpara al lado del reloj, el sonido de cada palabra como si fuera lo único existente en ese momento se quedaron grabados en mi memoria para siempre. El tesoro se había abierto y vertía sus formas doradas en imágenes, en colores, en situaciones de movimiento, de aguas cristalinas, de perlas fosforescentes, de niños zambulléndose en las profundidades de un mar calmo, azul y transparente. Todo eso y mucho más dijeron las palabras que mi mamá leyó sin ni siquiera darse cuenta. Cada palabra, cada entonación de la voz dijo algo significativo que yo traducía sin parar en imágenes multicolores hasta que en la página 18 todo llegó a su fin. 

Y mi madre con un aire ausente y despreocupado me preguntó dos cosas al mismo tiempo mientras ponía el libro sobre la mesita de noche. 

“¿Contento ahora.?” 

“Dime, ¿de que se trata el libro.?” 

La primera pregunta la ignoré por completo porque fue la segunda la que abrió las compuertas de lo inesperado. Mentalmente repasé cada palabra y rápidamente llegué a la conclusión de que no las había escuchado antes, pero eso no fue lo extraordinario ya que muchas palabras y situaciones eran nuevas para mi todos los días.

Lo insólito fue la luz que iluminaba el proceso de tratar de dar respuesta a algo que no sabía exactamente lo que significaba. 

“Me está preguntando por el todo, por lo que yo entendí de la historia”, me dije a mi mismo y me escuché decir a mi mismo. 

“Estoy casi seguro que es eso lo que quiere decir con – de que se trata -“, seguí mi monólogo interno a la par de que la luz seguía iluminando este suceso extraordinario. 

Y súbitamente con la certeza absoluta de los cinco años supe que estaba pensando. 

“Estoy pensando”, me dije a mi mismo 

“Esto es lo que significa pensar”, me dije a mi mismo nuevamente sobrecogido con el descubrimiento asombroso de que todo un proceso interno estaba sucediendo en mi cabeza que me hacía comprender lo que segundos atrás era incomprensible 

Describí con una alegría y un detalle en las formas, en los colores y en el concepto completo de la historia todo lo que reconstruí cuidadosamente de mis recuerdos mientras ella leía el libro, que aparentemente la hizo largar una risa y una exclamación que eran poco frecuentes en ella. 

“Pero que extraordinario.te memorizaste todo lo que dije.” 

Nada más lejano de lo que había pasado, pero no dije nada, le di las gracias y corrí a mi pieza con el libro en mis manos y con la extraña sensación de que el invierno no era más oscuro, de que la luz de mi comprensión podía iluminar los rincones más apagados y de que las palabras escritas en un papel o lo que fuera, eran solo el principio de una aventura muchísimo más grande, más atrayente y más desafiante que todo lo que sabía hasta el momento. 

Por un buen rato me quedé “pensando” en lo extraordinario del “pensar”. Tomé frases que había escuchado y las repetí internamente mientras con mis ojos cerrados contemplaba la luz dentro de mi cabeza que iluminaba las palabras y les daba sentido, mientras otra parte de mi ser contemplaba todo este proceso con curiosidad, asombro y regocijo interno. Una parte de mi ser que podía observar mis procesos mentales y definirlos, una parte de mi ser que se había instalado como un vigía permanente y ahí en las alturas de mi ser de solo cinco años pretendía descifrar los misterios del universo. Y porqué no?, después de todo, había descubierto el mecanismo, había percibido sin proponérmelo, la esencia misma de lo que nos constituye como seres humanos más allá de lo físico, de lo emotivo y de todo aquello que es obvio. 

Y ese vigía que observaba mi aprendizaje me guiñó su ojito travieso en la oscuridad del invierno y me hizo sonreír. Esa noche sentí que me tenía a mi mismo. Esa noche la recuerdo con tonos dorados y cálidos, abrigados en una manta de serenidad y comprensión que absolutamente nada tuvieron que ver con la realidad percibida por millones de objetivas y pragmáticas miradas que declararon ese viernes no se cuantito de Mayo de 1955 un día más en uno de los inviernos mas crudos y oscuros de la década. 

 

Noviembre 23, 1999