La radio

Josefina secó las lágrimas que no pudo llorar en público, tomó el paquete bajo el brazo y volvió a su casa lentamente caminando por la calle de empedrado antiguo mientras el sol caía suavemente en el crepúsculo de un atardecer de primavera. La tristeza la envolvió completamente y esta vez no pudo dejar de llorar amargamente en silencio por la pérdida de uno de los seres más queridos en su vida. Una vez más secó las lágrimas y retomó su camino a casa. 

Josefina abrió la puerta de su pequeño departamento en el centro de la ciudad, pensó una vez más con cariño en su abuela que acababa de ser enterrada y depositó el paquete en la cama. La abuela había dicho que esto era para Josefina y que se lo entregaran apenas muriera. La verdad que a Josefina le importaba bien poco recibir algo de la persona a la cual quería más que a nadie en el mundo, pero aceptó el regalo porque era una forma de tener viva en su memoria el recuerdo de la abuela.

El objeto era bastante pesado, cuadrado y Josefina no pudo imaginar que podría haber sido, así que con la tristeza desvaneciéndose y mezclándose convenientemente con la curiosidad natural de las circunstancias abrió finalmente el regalo.

Era una radio antigua, de esas con dial y con “ojito” verde que guiñaba cada vez que encontraba una estación para sintonizar. Josefina la enchufó, esperó a que los tubos estuvieran suficientemente tibios para el buen funcionamiento y acercó el oído al parlante mientras recorría las distintas estaciones con el dial en la mano.

Para su sorpresa, solo escuchó ruido y estática. Muy cuidadosamente fue rotando el dial y mirando atentamente al ojito hasta que finalmente el ojo se abrió, guiñó y el sonido llenó la habitación. Era una música antigua que sonaba extraordinariamente bien y ahí Josefina se entusiasmó para seguir su búsqueda. Desgraciadamente la estación con la música antigua fue la única capaz de sintonizar a pesar del tiempo invertido y lo cuidadoso que fue rotando el dial. Nada, solo una estación que se escuchaba magníficamente.

 Josefina se resignó a escuchar el pasado. Después de todo, lo más importante es que la abuela estaba presente y eso la llenó de un gusto y añoranza especiales. Se recostó en su cama, cerró los ojos y se dejó ir por la melodía de un bolero. Un par más de canciones llenaron nuevamente la habitación y el programa fue interrumpido por la voz del anunciador que tomó a Josefina por sorpresa completamente ya que los productos y lugares anunciados hacía muchos años que habían desaparecido.

Josefina se incorporó en la cama y escuchó atentamente. A pesar de que solo tenía 23 años, todo lo percibido no tenía nada que ver con su presente. Los detergentes anunciados eran productos de otra época; los cines anunciados y las películas en estreno también eran de otros tiempos. Al principio pensó que estaba escuchando mal, pero rápidamente se dio cuenta de que no solo era correcto sino que había entrado a una dimensión auditiva que simplemente no existía.

Cuando el anunciador terminó su discursillo sobre los beneficios de un automóvil antiquísimo, hizo una pausa y tres melodías fueron tocadas en la radio mientras el ojito verde apenas guiñaba manteniéndose abierto y omnipresente. Una nueva pausa comercial interrumpió el programa y esta vez Josefina supo con certeza de que lo extraordinario, lo imposible o lo insólito estaba finalmente sucediendo en su vida predecible del siglo XXI. La voz de la abuela conversando con el animador del programa era absolutamente imposible de confundir. Mucho menos las palabras claras con respecto a acontecimientos que eran verídicos y constatables. La abuela había pedido nada menos que desearle un feliz cumpleaños a su nieta que cumpliría 24 años en unos días más, lo que era exacto. El animador más entusiasmado que la abuela y aprovechando la oportunidad para patrocinar los distintos comerciantes que pagaban por el programa, ofreció un regalo para la nieta. El regalo era de la joyería “Tiffany”; una de las más elegantes de la ciudad y era un anillo de plata que tenía que ser retirado en una dirección exacta que Josefina casi sin respirar anotó en un papel.

El animador se despidió de la abuela y ésta con su particular voz dijo con fuerza a través del micrófono: “Feliz cumpleaños Josefina y no te olvides que siempre estaré contigo…”

Josefina quedó muda y pensativa por mucho rato. Las distintas canciones y avisos radiales se siguieron los unos a los otros en una típica secuencia y sin lugar a dudas sintió que ese anillo tenía que ser suyo, pero cuando trató de encontrar la dirección en el mapa, no había ni tal calle, ni tal dirección. Peor aún, la joyería Tiffany ya no existía en ningún lugar. Josefina no lo pudo creer al principio y revisó todos los mapas, llamó por teléfono, buscó en los archivos cibernéticos y el resultado fue inevitablemente el mismo. No existía tal dirección. Internamente algo se rebeló en su interior y tomó la decisión de ir al lugar aunque no existiera y a la mañana siguiente, bien temprano se aventuró a su destino. 

Cuando llegó al lugar señalado en el mapa se encontró con la sorpresa de que toda esa área había sido convertida en un parque enorme con una laguna hermosa y con grandes árboles circundándola. Una pequeña placa a la entrada explicaba el origen del parque, las conmemoraciones, los notables que habían donado para la causa y al final de la placa, con letra chiquita decía lo siguiente: “Bienvenidos todos aquellos que desean ser guiados hacia sus más profundos anhelos”

Josefina no supo que pensar sobre lo leído y a la vez no pudo evitar una sensación de haberse contestado algo a sí misma. Caminó hacia la laguna y al notar un par de bancos a la orilla decidió sentarse a contemplar el amanecer en este lugar tan especial. No habían pasado más de tres minutos cuando una voz que reconoció de inmediato le dijo: “Feliz cumpleaños adelantado Josefina”

“Donde estás abuela”

“Aquí al lado tuyo”

Josefina dio vuelta la cabeza y lo único que vio fue una pequeña cajita de color marrón descansado en el mismo banco en que estaba sentada.

“Aquí está tu regalo”, dijo la voz.

“Cada vez que me necesites profundamente, simplemente mira el anillo, piensa en mí y estaré contigo. De una forma o de otra…”

Josefina abrió la cajita y ahí estaba el anillo de plata. Con cuidado y solemnidad se lo puso en el dedo anular y por supuesto estaba hecho a su medida. Apenas la piel sintió el contacto con el metal sagrado, Josefina se dio cuenta que este era solo el comienzo de algo significativo en su vida. 

El día del cumpleaños de Josefina fue una ocasión para celebrar en toda la familia y una fiesta que duró hasta la madrugada fue hecha en su honor. Esa misma mañana la radio no funcionó más. Dos de los tubos se quemaron y por supuesto no existían partes para reemplazarlos. Josefina le guiño el ojo al ojo de la radio y con una sonrisa le dijo: “Ojito querido, espero que la abuela lo pase muy bien donde está. Estoy empezando mi aprendizaje hacia mis anhelos profundos”

Tomó la radio, la depositó en la vereda, besó el anillo de plata y decidió que esa tarde celebraría con alegría el nacimiento de lo inesperado.

17 de Enero 2021, Portland – Oregon