Culpabilidad

El dilema de la culpabilidad reside en que nadie quiere sentirse culpable pero igual terminamos sintiéndonos culpables a pesar de todo lo que decimos, predicamos, negamos o ignoramos el asunto. He notado que cuando alguien dice que se siente culpable, inmediatamente acuden todos los consejos sobre lo absurdo de tal sentimiento y no faltan las palabras y frases adecuadas para convencer a la persona que no existe ninguna razón para sentirse culpable. Sin duda todo esto se hace para convencernos a nosotros mismos de que la culpabilidad es algo dañino, negativo y que no tiene mucha cabida en nuestras vidas.

Estoy sumamente de acuerdo, pero no por eso la culpabilidad disminuye y a pesar de todos los consejos enormemente sabios y en el peor de los casos, las confesiones más angustiosas, el problema persiste porfiadamente y en menos de cinco minutos, ahí estamos nuevamente sintiéndonos culpables a pesar de todo lo explicado. 

Como a nadie le gusta esto de la culpa, es común escuchar lo superado que esas culpabilidades están y que sin duda pertenecen a otra época de las vidas de las personas, pero en secreto, esas mismas afirmaciones no tienen tal convicción.

Hace muchos años atrás, una mujer con la cual estuve casado me dijo una vez que yo me quejaba de lo culpable que me sentía (por algo sin importancia para otros), que si yo me sentía culpable, era porque yo ERA culpable. Cuando me dijo eso, me quedé atónito porque no era lo que esperaba y encima, tenía la carga fuerte de la acusación. Muy enojado le dije que cómo podía decir cosas por el estilo y ella, sin arrugarse me contestó que efectivamente yo ERA culpable porque de otra forma me sentiria distinto. En otras palabras, si no me sentía culpable, no era culpable.

Esa fue una revelación para mí y me di cuenta de dos grandes cosas con respecto a sentirse culpable. Uno, que tiene que ver con la forma mental de la humanidad – por decirlo así – ya que la culpabilidad es parte de la sociedad y de la cultura en que estamos inmersos y que nos guste o no, existe como parte del ámbito mayor en que nos encontramos. Inútil es tratar de “culpar” a las religiones por estos sentimientos, porque a pesar de que las instituciones religiosas la han usado por siglos para sus propios beneficios, no es parte inherente de ningún sistema espiritual y aquellos que han nacido y crecido en ambientes seculares, no conocen lo religioso pero no por ello se sienten menos culpables.

Lo otro, es que la culpabilidad está muy ligada al “deber ser”, o sea a lo que es ético y que también es un atributo cultural y social. Nacimos y crecimos con toda esta influencia sobre nosotros y precisamente por ser tan “envolvente” no es fácil de erradicar o de comprender cabalmente. Atinamos solo a saber que no nos gusta.

La búsqueda constante de los “culpables” en nuestras sociedades cuando algo no encaja en lo predecible y admitido, tampoco ayuda mucho. Menos aún, el sistema judicial del que ya hemos comentado anteriormente en otras reflexiones.

Al declararme “culpable” basado en mis sentimientos fue una novedad tan desagradable como el sentimiento de culpa mismo. No supe por mucho tiempo como entenderlo porque obviamente había ahí una verdad que no pude eludir. Poco a poco me empecé a dar cuenta que efectivamente uno “es” o “no es”, no solo culpable, pero también cualquier otro atributo de ese tipo. Uno es “generoso” o no lo es; divertido, pensativo, alegre, sensato, triste, amargado, etc. etc. Si, tengo que aclarar que a nadie le gusta la idea de los atributos negativos. Todos queremos ser en “positivo” y para hacer de esto algo menos urticante, usamos el verbo “estar”. Estoy deprimido, triste, enojado, furioso, etc., etc. y así podemos flexibilizar nuestro existir. Las emociones son pasajeras, van y vienen. Son estados de ánimo, y así vamos arreglando esto de ser o no ser y lo vamos conformando variablemente con la ayuda del lenguaje y también con la ayuda sin duda de que las emociones son efectivamente pasajeras e inestables.

Todo más o menos aceptable, pero con la culpabilidad es más que “estar culpable” es sin duda un sentir que lo llevamos toda nuestra existencia y por consiguiente no creo que sea algo que nos podemos sacudir fácilmente, pero si, podemos observar este sentimiento y sin condenarlo, suprimirlo, justificarlo o negarlo podemos decidir si queremos “ser culpables” o no. Mis ejemplos no son muy elegantes, pero aquí va uno: Me comprometo a hacer algo con alguien y me da flojera, o me olvido, o surge algo distinto para hacer  y no lo hago. Llamo por teléfono a la persona y me justifico de no haber llegado (porque no pude aguantar la culpa). Otro ejemplo: Me comprometo con alguien a hacer algo y a pesar de no querer hacerlo por cualquier razón, me digo a mi mismo que es mejor hacerlo que sentirme culpable. Así lo hago y no me siento culpable. También tuve la oportunidad de no comprometerme a hacer nada con nadie y probablemente no me habría sentido culpable en absoluto.

Con estos ejemplos puedo ver como se arma la culpabilidad en mi y como tambien puedo desarmarla, pero es importante lo que internamente decido y eso tiene que ver con la imagen de mi mismo en el mundo, del como me ve el mundo, como me presento al mundo y que tanto valoro todo eso. Tiene mucho que ver con el deber ser que mencione anteriormente.

¿Cómo salgo de este extraño condicionamiento?

No estoy muy seguro, pero si estoy claro que es condicionante e incoherente y mientras más observo y más voy generando la actitud correcta que me genera el mínimo de contradicciones internas, más avanzo con el tema de la culpabilidad.

Lo importante ha sido reflexionar en lo siguiente: “Cuando perjudicas a los demás, quedas encadenado. Pero, si no perjudicas a otros, puedes hacer cuanto quieras con libertad.” Porque me ha abierto una puerta de salida a ese condicionamiento. Especialmente cuando se trata de comprender que mi libertad de acción, aunque es libertad entre condiciones, tiene el sabor inequívoco de la coherencia cuando se mide en relación al prójimo, o próximo. 

Este principio ha tenido el efecto opuesto de lo que mencionaba sobre sentirse culpable y ser culpable. La simple idea de que uno puede hacer lo que se le da la gana si no hay perjuicio a otros, es sencillamente revolucionaria. Por supuesto cada uno tiene que ver que perjudicar a otros puede suceder por una acción directa o también por una omisión de la acción. Pero en todo caso, lo importante es que el otro es la consideración importante y no como me afecta a mi. Cuando puedo desplazar (aunque sea un poco) al “yo” de la ecuación, y considero a otros, entonces aparece con más claridad “lo que tengo o debo hacer” y esa claridad es la que ilumina el accionar libre de culpas.

Todo esto es un gran experimento que puedo hacer y tener presente en mi acción diaria en el mundo. Hay momentos muy lúcidos y otros más confusos, pero la simple observación ayuda mucho en ir definiendo un comportamiento unitivo en donde la culpabilidad es nada más que un incentivo para descubrir una nueva forma de estar en el mundo. Es casi redundante decirlo pero el problema de la culpabilidad está en que es un elemento interno desintegrador y por eso mismo conviene reconciliarlo sin importar las razones por las cuales uno termina siendo o sintiéndose culpable. 

Portland, 26 de Febrero, 2021