Blanca

Blanca tomó sus pinceles, su caja de óleos, el atril y la tela que acababa de preparar hace dos días atrás. No era un cuadro muy grande el que tenía que pintar. De mediano tamaño,  colores brillantes y con un trasfondo luminoso pero no claramente definido. Salió de la casa con todas sus herramientas y muy temprano en la mañana, tomó su vieja bicicleta, amarró cuidadosamente sus utensilios a la parrilla especial que había construido y se largó pedaleando por el camino rústico de ese paraje campestre al lugar en que ella siempre pintaba sus cuadros.

Era una mañana fría de primavera y los charcos multicolores reflejaban el amanecer rosado esculpido en el hielo que la noche había olvidado al desaparecer en el horizonte, una vez más, como venía haciéndolo desde el principio de los tiempos. Su vestido de terciopelo azul y su pelo oscuro rodeado de estrellas volaban en el espacio infinito a recorrer otras tierras, en una danza perfecta y sincronizada con la aurora que anunciaba la llegada del nuevo día.

Blanca pedaleaba con tranquilidad respirando ese aire puro y helado que penetraba sus pulmones haciéndola sentirse viva y contenta de poder presenciar toda esta belleza una vez más. Todo ese paisaje que se repetía día a día, semana a semana, mes a mes, estación a estación, en un ciclo hecho de flores, de lluvia, de hielo, de viento y de polvo.

Toda la maravilla de la naturaleza se recreaba segundo tras segundo para que sus ojos la aprehendiera y para profundamente gozar de ese espectáculo magnífico.

“Qué sería de esta naturaleza si mis ojos no existieran para contemplarla”, se dijo a sí misma.

“Ahí se quedaría, con su vestido hermoso, con sus perlas hechas del rocío del alba, con sus brazos extendidos en la brisa que me acaricia, sin tener quien la amara” se respondió a sí misma.

“No tendría ninguna razón para existir. Y a lo mejor ni siquiera existiría” siguió pensando mientras tomaba la curva suavemente y los sauces casi se inclinaban a besar el riachuelo que corría al lado del camino.

El zumbido de las chicharras, y el sonido del agua gorgoteando sus notas alegres, su eterno cantar, la distrajo de sus pensamientos y por algunos minutos prestó su oído a toda esa sinfonía de ruidos, de melodías extraordinarias, de cantos de pájaros y todo eso que deleitó su oído con un placer inmenso.

“Qué sería de todos estos sonidos si mi oído no estuviera aquí para acariciarlos con ese placer enorme que me producen”, pensó para sus adentros

“Seguramente el silencio se extendería sin límites, porque mi oído no estaría ahí para abrazar el cántico de la naturaleza” siguió diciéndose a sí misma.

“Y si mis oídos no existieran, el riachuelo no podría contarme ninguno de los cuentos que en las siestas de verano me ha contado, cuando recostada junto a su lecho de líquenes, cerré mis ojos para escucharlo”

“Y mis hijos no se enterarían jamás de las historias del riachuelo, porque mis oídos no estaban ahí para escucharlas”

“Si mis oídos no existieran, no habría razón de ser para ningún sonido”, reflexionó Blanca

El sol radiante se asomó a través de los cerros y las sombras se encogieron con la luz del astro. Las colinas heladas recibieron los rayos cálidos y los cristales de hielo se transformaron en gotas multicolores que corrieron por sus laderas llevando el mismo mensaje que habían venido llevando por eones.

Blanca pedaleaba cerro abajo sintiendo el viento y la calidez de ese sol naciente en su cara y en sus manos. Cada fibra de su cuerpo vibró  con las caricias de ambos y ese calor se extendió hasta su corazón.

“Qué sería de esta brisa y de este sol generoso si mis manos y mi cuerpo no fueran capaces de sentirlos” pensó Blanca

“No habría ni siquiera generosidad que apreciar, si este cuerpo no los pudiera sentir”

Blanca se detuvo en un recodo del camino, se sacó la chaqueta, la camisa, los pantalones y todo lo que llevaba puesto. Dobló cuidadosamente toda su ropa, la amarró a la parrilla de la bicicleta y tan desnuda como había venido al mundo, siguió pedaleando en su bicicleta hacia el lugar donde pintaba todos sus cuadros.

“Es con este cuerpo desnudo que puedo sentir el calor, el viento, el frío, la nieve, la lluvia y todo eso maravilloso que existe cada día. Sin este cuerpo increíble, no habría razón de ser para la lluvia, ni para la nieve, ni para el sol resplandeciente, ni para el viento que ruge indómito, o para la brisa que lleva el aroma de los azahares” pensó Blanca.

Y el perfume de los campos llenos de lirios y violetas invadieron su cuerpo desnudo, con sus olores suaves lo penetraron dulcemente, cariñosamente. Y una vez más Blanca pensó que no había razón de ser para ese concierto aromático si ella no era capaz de percibirlo

“Todos mis sentidos existen para recibir al Universo. Y si no existiera ese universo, no habría nada que ser percibido, pero yo tampoco existiría. Pero puedo existir y no ver el verdor de los campos, ni escuchar las notas del agua, ni sentir la lluvia en mi cara, ni el calor del sol en mis hombros, ni jamás sentir el olor de los jazmines, ni nunca sentir la arena de la playa en mis pies,  ni las olas del mar acariciando mi piel. Y podría existir sin jamás escuchar los grillos al atardecer contar historias de la luna, ni los sapos al anochecer contar sus desventuras cuando eran simples dragones, ni las mariposas explicar sus orígenes divinos. Y no percibir jamás la fragancia de la tierra húmeda, y nunca ver el baile de las luciérnagas, y nunca contemplar los atardeceres dorados.” Reflexionó Blanca.

“Si fuera así, no tendría mucha razón de ser mi existencia, pero tampoco entonces tendría razón de existir todo lo que me rodea. Esto si que es importante” pensó Blanca, “porque ese sol que brilla y cálidamente penetra con sus rayos mi cuerpo, solamente existe para mí cuando lo percibo, y soy solamente yo la que puede darle el sentido que percibo”

“El riachuelo cuenta sus historias, pero es mi oído el que las escucha… En realidad es más que mi oído y es más que mi piel, y es más que mi olfato y mis ojos. Es como yo interpreto sus notas, su música, su canto, su aroma, sus caricias”, pensó Blanca

“Me pregunto entonces:  ¿qué es lo que tengo, que puedo interpretar lo que percibo?”

“Algo poseo que puedo dotar de sentido todo lo existente. Algo dentro mio es capaz de reconocer la música del aire, el brillo tenue de las hojas del otoño, el amanecer tembloroso de la naturaleza, los atardeceres sutiles del tiempo, los anocheceres profundos del olvido. Algo dentro de mí le confiere el sentido a todo lo que existe. Sin ese algo, el existir de todo no tendría significado alguno, al menos para mí.” reflexionó Blanca

El camino se ensanchaba y poco a poco ese paisaje iba cambiando para dar paso a grandes campos de trigo y de maíz. Las colinas quedaron atrás y Blanca desnuda en su bicicleta pedaleaba sin apuro por el valle plano y fértil. Solo unos minutos más y estaría en el lugar donde ella pintaba todos sus cuadros. Como siempre, al irse acercando al lugar, lo experimentaba con una suave ansiedad y anticipación. Varios años llevaba haciendo el mismo ritual, pero hoy era diferente. Hoy se había dado cuenta de algo extraordinario que cambiaba todo lo que sentía con respecto a su arte. El placer y la profunda emoción que siempre le había causado el mirar y apreciar la naturaleza la había llevado a reflexionar sin proponérselo en algo que no había considerado hasta ese entonces. Hasta ese día, solamente había experimentado a través de sus sentidos la vida infinita del mundo que la rodeaba. Por primera vez, Blanca experimentaba la comprensión profunda de que dentro de ella existía aquello que le daba el sentido a ese mundo. Por primera vez, comprendió que no había razón de ser para ese mundo si en ella no existía ese “algo” que hacía que ese último fuera bello. Sin duda necesitaba entender ese “algo” que era la fuente inextinguible de inspiración.

Al este del camino y por sobre los campos sembrados, la neblina fría mezclada con ese olor inconfundible de la sal y el yodo, anunciaron a sus sentidos que estaba llegando a su destino y que en la próxima curva aparecería esa playa de arenas blancas que era su refugio y su fuente de inspiración.

Detuvo la bicicleta a la orilla del camino y al estar cercana al mar sintiendo la brisa fría de la mañana, decidió volver a vestirse y así lo hizo. Lentamente caminó su bicicleta hasta tocar la arena, sacó sus materiales de la parrilla, extendió el atril y montó el bastidor con la tela blanca, virgen, esperando a ser plasmada de colores y formas. Como la había hecho innumerables veces, también preparó una pequeña mesa plegable y puso sobre ella todos los óleos, los pinceles y la paleta.

Blanca se sentó a varios metros del atril y contempló la tela blanca “Es tan hermosa así, desnuda, alba, tal como está” se dijo a sí misma, al tiempo que entendía algo muy interesante. “No hay pintura que podría existir, sin esa tela, pero en realidad la pintura ya existe en mi imaginación. Esa obra de arte ya ha sido creada dentro de mí, pero no se ha manifestado en la tela todavía. Pero existe… y eso es lo más importante de todo”

Por supuesto que Blanca había estudiado todas las complejidades de lo que se llama comúnmente “medio” y comprendía que la tela era solo eso. Desde el punto de vista del arte tradicional, vale decir. Pero desde otra perspectiva, ese medio y todo lo que crearía eran un todo indivisible. No podían existir separadamente, así como el mundo y sus sentidos eran un todo que se complementaban mutuamente.

Y una vez terminada la obra, esa tela jamás sería vista como tela porque contenía precisamente todas esas formas y colores que la transformaban en “producción”. Una vez plasmadas sus imágenes en esa tela, serían otros ojos los que contemplarían aquello que Blanca había concebido con su mirada interna. También ella podría mirar con sus propios ojos su pintura terminada, pero esa percepción sin duda estaría ligada a todo aquello que solamente había existido en ella cuando fue concebida como imagen.

Y sentada por un buen rato contemplando el bastidor, sintiendo la brisa que se entibiaba en la medida en que el sol luchaba con la neblina, discurriendo internamente todos estos descubrimientos, Blanca no se percató de la figura pequeña que también miraba la tela con enormes ojos, silenciosos y fijos.

No debería haber tenido más de 11 años aquella niña que rompiendo el silencio de las olas y el ruido de las gaviotas, le preguntó

¿Vas a pintar un cuadro?

Blanca sobresaltada con la pregunta, pero más que nada con la sorpresa de una voz humana, se volteó a ver una niña de cabellos castaños, con unos grandes ojos azules y un vestido largo estampado con flores que indudablemente había pasado por varios otros cuerpos a juzgar por el estilo y por la transparencia que el uso da a la ropa.

“¿De donde vienes, niña?.  ¿Dónde está tu familia?. ¿Qué haces por estos lados?” preguntó Blanca

“Están pescando al otro lado de las rocas. ¿Vas a pintar un cuadro?” Insistió la niña.

“Si…creo que eso es lo que haré”

“¿Y qué vas a pintar?”

“No estoy segura todavía.”

“Entonces, no sabes lo que vas a pintar” afirmó ella con la certeza infalible de la niñez

“¿Y tienes alguna idea de lo que debería hacer?” Preguntó Blanca con una sonrisa. Después de todo, los niños raramente se equivocaban en sus juicios, se recordó a sí misma pensando en sus propios hijos.

“Enséñame a pintar”, dijo tímidamente la niña

Blanca no supo como responder, pero fue capaz de sentir el deseo en esa pequeña persona de hacer algo que jamás había hecho. Sensible como era, pudo percibir que esa niña había querido por mucho tiempo aprender a expresar ese intangible que en su momento ella también había sentido muchos años atrás.

“Y porqué quieres aprender a pintar. Seguro que haz pintado ya muchos cuadros en tu imaginación, y no siempre es fácil poder traspasar todo a una tela”, respondió Blanca, no muy segura de que sus palabras podían ser entendidas cabalmente.

Para su enorme sorpresa, la niña comprendió perfectamente su pregunta y le respondió con su voz infantil

“¿Y de qué me sirven esos sueños si no los puedo compartir con nadie?”

Sin duda, no había razón de ser para ninguna comprensión por más profunda o superficial que fuera, si solamente terminaba encerrada en la persona que la había tenido, pensó Blanca. No solo es una buena razón, pero probablemente la más importante que se podía tener.

“¿Y que te gustaría pintar hoy día?”

“Quiero que me enseñes a pintar una cara”

“¿Y sabes de quién es esa cara?”

“Claro que sé. Es la cara de una amiga. Es la única amiga que tengo en el mundo” dijo la niña con un pequeño temblor en su vocecita, que para Blanca no pasó desapercibido.

Blanca decidió no hacer más preguntas, tomó un pincel y se lo pasó a la niña. Muy brevemente le explicó acerca de los colores al tiempo que preparaba la paleta con todos ellos. Esta vez, usarían todos los colores, sin preocuparse en lo más mínimo ni de las combinaciones correctas, ni de los complementos armónicos, ni de nada de lo que era solamente teoría. Esta vez sería una fiesta de colores, una celebración sin límites de la capacidad de expresarse. Y no repararía en ningún detalle que pudiera poner en peligro esa flor hermosa de la creatividad que se aventuraba a expresarse en esa niña salida del mar y la neblina misma.

Nada cobró más importancia en ese momento que poder darle a ella la posibilidad de pintar esa cara tan querida y tan importante.

Blanca guió la mano pequeña de la niña y juntos hicieron un óvalo, luego un par de pinceladas dieron lugar a los ojos y ahí  se detuvo porque la manito siguió sola, con gran confianza y profundo sentir. Blanca se quedó contemplando a la niña completar poco a poco el resto de la cara. Con una intensidad enorme, pintó la sonrisa, las orejas, el pelo, la nariz, los labios de color rubí. Luego siguió coloreando los ojos amarillos, y el pelo naranja. Blanca observaba con una sorpresa y una emoción que no había sentido hace muchos años, el desarrollo de un cuadro que era sin duda extraordinario. Esta era una pintura querida, acariciada, soñada con fuerza y con el amor absoluto que se tiene en esos años en que uno es niño.

Poco importaban las proporciones, y mucho menos los contrastes violentos y las mezclas imposibles. Todo encajaba perfectamente, porque era el corazón el que pintaba a través de una mano pequeña sin ninguna experiencia previa, pero no por eso, la expresión era menos valiosa.

Finalmente la niña se detuvo y con una sonrisa encantadora, llena de orgullo y de satisfacción dijo

“¡Es ella!”

Blanca con los ojos húmedos de lágrimas y con profunda emoción dijo

“¡Es ella!.”

La niña se alejó de la pintura para mirarla de lejos. Muy seriamente estudió su producción y casi hablándose a sí misma dijo

“Cuando aprenda a pintar, vas a ser todavía más linda…”

Con mucha delicadeza la niña le entregó el pincel a Blanca, se secó las manos en el vestido de flores, alargó su manita para ser estrechada por ella y se despidió.

“Muchas gracias por haberme enseñado a pintar. Ahora sé que mi amiga existe fuera de mis sueños”

Y sin decir una palabra más, se dio media vuelta para perderse en la niebla de la playa solitaria.

Blanca se quedó parada sin atinar a nada, estupefacta y sin saber si todo esto había sucedido, o había sido el producto de tantas cavilaciones existenciales de esa mañana primaveral. Mientras miraba a la niña desaparecer detrás de las rocas, se dio cuenta que todavía tenía en la mano el pincel húmedo, lleno de colores, y que esto era tan real como el cuadro mismo que estaba ahí en el atril.

Contempló esa cara en la tela y casi no pudo salir de su asombro cuando cayó en cuenta de que era nada menos que la cara de la niña. No había ni siquiera que hacer mucho esfuerzo para darse cuenta que era efectivamente ella.  Había sido un autorretrato, pero con ese “algo” que había descubierto que estaba en el trasfondo de todo acto que confería sentido a lo que existía.

“¡Es ella!” exclamó Blanca

“¡Es ella!” Murmuraron las olas, y gritaron las gaviotas, y la arena crepitó por un instante.

Y en un coro multicolor, desordenadamente, abandonadamente, toda la naturaleza circundante dijo al unísono

“¡Es ella, la conciencia que nos da el sentido y la belleza!. Es gracias a ella que existimos para los sentidos. Tu felicidad y nuestra existencia dependen de ella”

Blanca puso todas sus herramientas de trabajo en la parrilla, amarró cuidadosamente sus posesiones, montó la pintura de la niña sobre el resto, aseguró todo minuciosamente y pedaleó de vuelta a su hogar con el tesoro a cuestas y también dentro de sí misma. Nada era más importante que la vida humana, y nada más esencial que esa conciencia dadora de sentido. Era solo una niña que crecería sin límites…

 

Portland, Oregon Octubre de 1998

Blanca es una historia escrita hace bastante tiempo pero para mi sigue siendo hermosa