El Retrato

Desde el comienzo mismo había sido un proyecto que de ser terminado tendría consecuencias desastrosas para sus ensueños pero Saimi no lo pudo evitar y se decidió a pintar el cuadro que su amante le había pedido. Algo le dijo claramente en su interior que al traspasar todas las formas a la tela, sería el fin de todo. El fin de la relación y el fin del cuadro, pero como Saimi vivía a finales del siglo XX, ese tipo de premoniciones absurdas fue descartada rápidamente a pesar de lo que sentía y de las advertencias sonrientes de su amante.

“El día en que termines esa pintura será el día en que nos despediremos para siempre” había dicho él y Saimi sonrió con su sonrisa amplia y lloró en su interior sin saber porqué.

Durante meses solo pintó un par de veces y fueron los mejores momentos de la relación. En realidad ni siquiera pintó nada y solo se limitó a preparar la tela. Quizás por eso mismo las escapadas amorosas y los picnics en el bosque y las siestas llenas de palabras dulces y caricias se multiplicaron con el pasar de los días y Saimi se sintió más querida que nunca.

Nadie hasta ese entonces la había conquistado como lo había hecho ese hombre extraño de otras tierras que hacía el amor como si fuera una poesía en movimiento. A veces de puro acordarse sentía que se derretía en su interior y soñaba con esos momentos en que se volverían a compenetrar. No solo el amor hacía de una forma completa y absorbente, también otras cosas que ningún otro hombre había hecho antes. Comer era una de ellas y Saimi que había aprendido a cocinar en Francia encontró finalmente una alma gemela en el mundo sensual de la gastronomía. Sin embargo no era un asunto de comer simplemente, sino todo el ritual que lo acompañaba, especialmente cuando esos ojos la miraban a través de las velas encendidas y esos dedos ágiles tomaban los pedazos de mariscos y los acercaban a la boca de Saimi. Nunca nadie le había dado de comer en la boca con las manos y él siempre insistía que chupara todos los dedos y cada vez que lo hacía, sentía unas cosquillas que comenzaban en la garganta y terminaban exactamente en el sexo, pasando por toda la columna vertebral. Lo experimentaba como si la hubiesen tocado con un alambre eléctrico y una tarde en que Arzok le daba de comer de esa forma, sintió que sus pezones se endurecían, que las piernas le fallaban y que todo el cuerpo pedía ser tocado, acariciado besado y mordisqueado. Quiso que la abrazara y que la amara con todo su ser. Arzok leyó perfectamente las señales – algo que era un misterio para ella la facilidad con que lo hacía – la desvistió ahí mismo en medio de la mesa y de la comida y con una mano le siguió dando de comer mientras que con la otra acarició suavemente y sin apuro sus senos, sus pezones, sus brazos, sus muslos hasta llegar a ese triángulo de vellos y de deseo.

Ese hombre extraño introdujo la lengua en su vagina y con un cuidado exquisito la tomó por la cintura y la depositó en la mesa con todos los platos y los restos de comida alrededor y como si no hubiera sucedido nada extraordinario siguió besándola y comiéndola hasta el éxtasis mismo. 

Así pasaron los días y las semanas y al cabo de algunos meses ella recibió la primera señal de alarma.

Cuando Saimi volvía de las compras, el día que habían acordado verse, Arzok no llegó y era raro porque su puntualidad siempre había sido sorprendente. Una hora entera pasó y finalmente Saimi decidió llamarlo por teléfono más que nada para convencerse a sí misma de que no había tenido un accidente manejando o algo trágico e imprevisto le había sucedido. Arzok respondió el teléfono y la conversación fue breve y tensa. Arzok pidió disculpas, Saimi se sintió más pequeña que nunca, los silencios a través del hilo invisible se hicieron insoportables y esa tarde Saimi no cocinó, ni hizo el amor, ni se rió. Esa tarde pintó el trasfondo del cuadro. Arzok no llegó porque se distrajo haciendo quién sabe qué cosa y sencillamente se olvidó de que era el día del  encuentro acostumbrado. Mientras el gris cubría la tela, Saimi sintió que no era tan importante como ella creía ser para él, pero una semana después se encontró nuevamente en los brazos de ese hombre y se olvidó casi completamente del incidente entre las caricias, el pan francés, las aceitunas y el calor de la chimenea alimentando sus cuerpos desnudos.

La primavera no trajo todas la flores que Saimi hubiera querido y a pesar de que inequívocamente cuando ella estaba con ese hombre de otro planeta era capaz de fundirse en un solo ser, era capaz de una alegría y armonía absolutamente placentera y total, apenas él se iba Saimi sentía que ella dejaba de existir en el mundo de él y eso la confundía más allá de lo explicable.

¿Cómo era posible que él tuviera semejante desapego?

¿Cómo podía ser que ella solo existía en el presente de él pero ningún futuro era ni medianamente contemplado?

Arzok solo sonreía en respuesta a las protestas de Saimi pero una vez él le dijo con una seriedad poco acostumbrada  “Saimi, te amo totalmente cuando estoy contigo y cuando no estoy, no tiene ninguna importancia porque simplemente ese momento no existe para nosotros”

Saimi no lo podía creer y trató de provocar una pelea para poder decirle lo que ella sentía al respecto pero todo lo que obtuvo fue la humillación de verse a sí misma descontrolada aparte de que él no retractó ni una sola palabra mientras la miraba con un cariño entrañable en los ojos que ella no pudo dejar de sentir.

“No me interesa poseerte ni poseer tu tiempo. Solo te pido lo mismo para mí” Arzok dijo en voz baja.

“Pero si es así, lo nuestro no tiene entonces ningún futuro” argumentó ella.

“Pero sí tiene un presente hermoso” contradijo el hombre extraño.

“De que me sirve este maravilloso presente contigo si cuando te vas me quedo con el sabor de lo que podría ser y nunca será” replicó Saimi desesperada

“Te sirve para gozarlo sin inhibiciones…” dijo el hombre visiblemente afectado por la dirección que los acontecimientos estaban tomando

“No me interesa gozar nada que no lo pueda proyectar. No soy igual que tú. Necesito que toda mi vida vaya en una sola dirección y tu te las arreglas para verme una vez por semana, en ocasiones por el fin de semana completo, pero nada más. Para mí eso no es suficiente. Estoy cansada de esta vida completamente parcelada por tus intereses” dijo Saimi al borde de las lágrimas.

El verano caluroso no trajo ninguna novedad para la situación imposible a la cual habían llegado pero inevitablemente la afinidad extraordinaria que tenían hizo que Saimi se hundiera en los placeres del presente y por meses ella aceptó estas condiciones insólitas en que la realidad que experimentaba era solo en el presente. Efímera, poderosa, intoxicante, pero sin capacidad de proyección.

El hombre no cambió en absoluto su forma de ser y Saimi siempre sentía que estaba en presencia de un amor que no había sentido nunca antes. Un amor completo y diferente. Un amor intenso y contradictorio que no tenía horizontes. Un amor que la embriagaba y que al mismo tiempo la dejaba inmersa en la desesperanza y la frustración de no poder llevarlo más allá de los encuentros ocasionales. El hombre se negó rotundamente a considerar la posibilidad de vivir juntos y ella volvió a la tela, volvió a pintar lo que para entonces se había hecho evidente. El cuadro no podía ser otro que un auto retrato y Saimi se pintó a sí misma desnuda y exquisita flotando en un lago de aguas cristalinas y presentes. Toda la sensualidad de ese año entero con el hombre extraño empezó a plasmarse en su obra. Por cada pincelada que Saimi agregó, más corta se hizo la distancia con lo inevitable y más profundo y significativo se fue haciendo el cuadro.

Finalmente para la Navidad ella fue capaz de completarlo. Nada más quedaba por hacer y con una sorpresa enorme, comprendió cabalmente que la relación había llegado a su fin. Todo lo que era ella estaba en el cuadro y Saimi se sorprendió a sí misma por la belleza y acabado de su obra asimismo por la complejidad del descubrimiento que ya había sido anunciado desde el comienzo de la relación. Las líneas y los colores eran perfectos pero lo más impresionante era la sensualidad total y absoluta que emanaba de la pintura. Ni en sus sueños más profundos ella había imaginado que podía crear algo así, con tanta fuerza, con tanta intensidad que resaltaba a la vista de cualquier observador.

El hombre contempló el cuadro con una admiración en los ojos que hizo que Saimi se pusiera nerviosa ya que por largos minutos no dijo nada. Él  recorrió con su vista cada línea, cada sombra, cada recodo como si estuviera enfrente de un plato favorito y con los mismos ojos fue devorando la pintura como lo había hecho tantas veces con ella misma. Saimi sintió que las piernas flaqueaban una vez más y el hombre la abrazó y la besó largamente con una pasión y un cariño que sellarían para siempre esa relación absurda y atrayente que ambos tenían por el otro. Esa noche hicieron el amor sabiendo que sería la última vez. También cenaron sabiendo que sería la última cena que tendrían en la intimidad que habían creado para ambos. Saimi nunca entendió completamente que fue lo que pasó entre ellos, que fue lo que no funcionó en la relación cuando todo indicaba que estaban hechos el uno para el otro y por muchos meses trató en vano de encontrar una respuesta al hecho más misterioso de su vida.

El hombre desapareció con el cuadro bajo el brazo y no se volvieron a ver por mucho tiempo. Saimi tuvo varias relaciones con otros hombres pero invariablemente todas carecían de ese algo mágico y misterioso que el “hombre del presente”– como cariñosamente lo había bautizado – era capaz de crear y una noche mientras terminaba de pintar un cuadro – ya que Saimi era una artista – notó que cada vez que ella había pintado ese autorretrato, lo había hecho sin saber como ni porqué con gran detalle, con gran pulcritud, con un deseo enorme de darle algo de sí misma a su amante. Y efectivamente lo consiguió y eso jamás pudo repetirlo con ninguna otra pintura por más que trató, especialmente cuando consideraba que toda la parte de su propio cuerpo en la pintura, ella lo había hecho con sus dedos desnudos, sin pincel ni nada por el estilo. 

Esa noche Saimi comprendió que el hombre estaba en lo cierto cuando se refirió al presente como lo único válido. Esa noche Saimi tuvo una enorme nostalgia por esos días luminosos que a pesar de todo el esfuerzo y dedicación puestos en construir con otro ser humano una relación duradera, no se habían dado ni cercanamente a lo que ella había experimentado con Arzok.

Lo que Saimi no supo fue que el hombre del presente no solo se llevó lo mejor de ella, sino que él le dio a Saimi lo mejor de sí mismo, y de ahí esa intensidad del recuerdo, esa nostalgia que la embargaba. Eso no es tan fácil darlo así no más porque lo que se entrega mutuamente sin cálculo ni proyección es a veces lo único que es totalmente válido.

Arzok había reservado una de las paredes de su dormitorio exclusivamente para el cuadro y no solo pudo recordar a su amante pero cada vez que quiso fue capaz de acariciarla y hablarle como si ella hubiese estado ahí presente. 

Y en el juego de los ensueños y de los tiempos imposibles de presentes, pasados y futuros, es difícil decir si realmente Arzok. tuvo a Saimi para siempre y ella lo perdió a él para siempre, o simplemente fue al revés. No hubo forma de saberlo hasta que una tarde, sin aviso, Arzok apareció con el cuadro bajo el brazo en la puerta de Saimi y solo dijo lo que ella había querido escuchar por siempre. “No puedo seguir acariciando un cuadro. Por todo lo que el presente significa, ya no tengo más temor al futuro. Te quiero ahora y también mañana”

Ambos abrieron la puerta y sus corazones al futuro.

1 de Enero del 2000